Columna de guy
La civilización va por dentro
Hay que estar muy al pedo para ver la tele en este país. Con la lógica resaca, el 2 me dio por encender el televisor y agarré justo una nota en un pueblo de Brasil donde Michael Jackson parece que filmó un clip del tema “They don't care about us” y por esto es muy querido en ese lugar. Un viejo afirmaba haber visto de muy cerca al gringo; orgulloso y melancólico hablaba este hombre en un brasilero nasal y pastoso dadas las circunstancias. Mi estadía frente al aparato, pues, duró unos minutos. Enseguida fui a buscar el clip al youtube [yo no tenía la puta idea del señor Jackson en Brasil (también hay que estar al pedo para ir al youtube, sí)].
No me fío de las imágenes. Bien podría venir alguno a decir que toda esa gente que aparece en el clip no es brasilera, que pudo haberse hecho en Hollywood, que la música es de estudio, que Jackson aparece con distinta ropa en el video y por ende está editado de manera tramposa o, al menos, poco legítima (malditos puristas); tampoco me puse a indagar si el grupo Olodum se adaptó a Jackson o viceversa. Al grano: lo que me causó curiosidad fue qué carajo diría la canción, porque yo no había imaginado a Jackson bailando en Brasil con esos apestosos en esa ciudadela de mierda que parece que todo el mundo se caga de infeliz pero contento.
Encontré otro video en el youtbe que, dicen, fue censurado por las escenas violentas y bla bla bla. Éste estaba subtitulado y más o menos me enteré de que al Jackson le caían mal los racistas y la insensibilidad del sistema y la marginación y todas esas cosas tan de moda en las últimas décadas; parece que a los pibes de Olodum, también.
El rey del pop denuncia, a los gritos, básicamente que “no les importamos”. Podríamos decir que canta a su sistema (el sistema yanqui que imitamos por estos páramos) que “no les importamos” o que “no se preocupan por nosotros”. Me habría gustado ver pendejos en las discos bailar esa canción para luego subir a sus autos e ir a cojer con sus Wendys o sus Katies a orillas del río o a sus confortables habitaciones así como me tocó ver aquí a las rubias conchetas bailar con sus noviecitos rugbier “La rubia tarada” que Luca Prodan hacía rugir desde los parlantes.
El caso es que Luca, en su canción, terminaba bebiendo una ginebra en la soledad de algún bar del suburbio mientras que estos conchetos podrían hoy estar en esa televisión que ya insinué que no hay que ver, como por ejemplo Pettinato que era el saxofonista de Sumo y ahora dice huevadas en un programa de variedades.
Es fabuloso cómo la sociedad se retroalimenta a sí misma igual que la televisión, y también es fabuloso que los problemas sean siempre los mismos. Yo no me pondré a pensar en qué es bueno y qué es malo, mejor o peor; mas lo interesante es que el negro Jackson debió haber sentido esa vergüenza de sí mismo, ese ser negro o ser marginal o raro, ese ser maltratado, y que por eso fue a gritarlo a los demás, o sea a quienes, por otra parte, ya sabrían (digamos) quiénes les importaban y quiénes no. En otras palabras, cuando Jackson les cantó “no les importamos”, ellos contestaron “ya lo sabíamos, imbécil, tú haz lo tuyo y baila”.
Yo no me fío de la esperanza. No sé qué es la esperanza ni para qué sirve. Me gustan las cosas claras o lógicas. No sé adónde mira la esperanza. No sé en qué se basa la esperanza. Los negros del África pasan por las mismas desgracias, los marginados siguen siéndolo, los cantantes filántropos siguen existiendo; pero la sociedad sigue bailando cualquier cosa. Todos bailan; bailan con esperanza, con alegría, con ganas de fornicar o de al pedo que están; se baila de diversas maneras, conque el monstruo sigue su labor masticatoria.
Dicen que Michael murió solo como un perro, que ciertas acusaciones de pedofilia eran falsas, que su familia aún intenta quedarse con su dinero. La sociedad ya asistió al funeral e hizo bonitas ofrendas.
El 3, sin resaca pero con fiaca, vi una película del ’89: una familia alemana que no sabe cómo salir del aburrimiento y el desinterés propios de una vida sin sobresaltos, cómoda, pero sin emociones en un sistema social frío y ordenado, y por lo tanto decide renunciar a todo, destruir la casa, tirar el dinero al inodoro y suicidarse.
Cuánta razón tenía Heráclito.

guy (05.01.2010)
Ir al cine es para boludos

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