Todo está dicho, Benson. Todo está hecho y es sabido que todo está ahí para ser un cliché. La originalidad resulta un esfuerzo por alterar elementos de algo que ya está dado, manoseado, manido, mercantilizado. Ya no más inventos, sólo variaciones, capas de pintura sobre estructuras oxidadas, envolturas brillantes para el producto más folclórico o familiar. Nada nuevo bajo el sol, Eclesiastés.
Sin embargo, la época presume un licuado conceptual en el que todo lo que sea (suene, parezca, huela a) cliché debe provocar urticaria. Es el desprecio por lo viejo, lo tradicional o cotidiano. Su eufemismo: la innovación. Johnny John es un innovador de la música electropop con el uso de loops y samplers cumbia-regionales-texametaleros; Martin Luthor Lex es un innovador del arte hipermedium con su serie de instalaciones megalominimalistas en residencias de solteronas europeas, todas de sesenta y tres años de edad; Rita Mae Lurie innova el porno masobondage introduciéndose espaguetis crudos por el ano hasta convertirlos en sedosos forúnculos al dente, deglutidos, luego, por su perro Yoyo, quien le chupa el idem; Etcétera Parkinson innova la cocina catalana con sus espumas que luego sirven para depilarse las piernas al contacto; y qué decir del omnipresente Brand New, ese muchacho que firma en productos que van desde champús para rizos perfectos hasta cañas de pescar traspasadas por nanotecnología.
Para los que nos quedamos al margen, sentados al borde de un sillón de regalo en la compra a plazos de un televisor pantalla plana – peatones de pasillos atiborrados de Brand New –, nos queda el hambre, la insatisfacción de ser un ser sin Ser, la sospecha de que nos estamos perdiendo de algo que no podemos articular siquiera, vacíos de lo que no probamos y ávidos de “aventuras”, “emoción, “éxtasis”. Nada tan terrible como ser normal, tener principios o ser un conservador. Vivir es un lugar común, una frase hecha, una abominable repetición de gestos constreñidos a lo utilitario, un never enough sin solución. Histeria al mayoreo y neurosis a granel.
La culpa es de los Rolling Stones, de su época que impuso a la juventud como valor máximo, único, junto a sus ítems. El más socorrido: la “originalidad”. Mick, Keith, Ronnie y Charlie, los Cuatro Juanetes del A Go Go, reflejan de cuerpo entero (entero y jorobado) a este afán del forever young consumista, histérico y ridículo que, escapista del cliché, no se percata de que él es El Cliché por excelencia. |
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Estos cuatro adolescentes reumáticos siguen gritando su insatisfacción para satisfacer a un montón de tarados que quisieran vivir like a rolling stone, mientras los “originales” ya no pueden más que repetirse y repetirse y repetirse para mantener un estilo de vida absolutamente contrario a lo que predican. O, peor aún, para quedar atrapados en un personaje infantil y berrinchudo. Mick, el galancete que pervertirá a tu hija; Keith, el drogo que torcerá a tu hijo; Ronnie, el gitano que hace lo que se le hincha; Charlie… bueno, pues el viejito de la batería. Todos logos aspiracionales para legos estupidizados, jugando al jumpin jack flash (back).
¿Resulto moralista? Qué bueno. Me tienen hasta la madre los innovadores del círculo redondo y los inventores del agua tibia. Los síntomas de esta juvenilidad a priori devienen su contrario: espíritus senectos antes de la primera cana o abuelitos de una intempestuosidad que da ternura. Si el arte es un reflejo de la sociedad (del individuo inserto en una comunidad dentro del tiempo-espacio) hay que ver la cantidad de hueva justificada por discursos conceptuales que sólo logran eso, solapar la falta de trabajo detrás de una obra cualquiera. Huir del cliché es sólo otro cliché. Pero si trabajamos desde él y no contra él, quizá logremos aquello que lo otro no alcanza: una obra madura y con sentido; una voz propia, original (de Origen), fértil, generadora y ya no solamente generacional.
Seamos intencionalmente clicherosos (deimos dixit), disciplinémonos en el lugar común, seamos románticos, idealistas, creyentes, conservadores de aquello que nos hace sentir bien. Eso es ser rebelde en estos días. De cualquier manera el caos siempre va a estar ahí. La histeria también. Lo cortés no quita lo valiente. El hábito no hace al monje. El que mucho abarca poco aprieta. Cae más pronto un hablador que un cojo. Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis. Que nuestra insatisfacción sea auténtica y no sólo un estribillo parvulario, y que nazca de la disciplina, el auténtico valor de la anarquía.
He dicho.
¿Qué no dije nada? ¿Y qué querían? Yo, como ustedes, soy un producto de esta época incoherente y fatal.
Tan tán.
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